translated by Dolores Vilavedra
An award-winning collection of sixteen short stories by the author of whom I never heard before and who happens to be, among other things, a founding member of Greenpeace España. I hope it is as joy to read in its original Galician (which I don’t speak) as this Spanish translation. My favourites are Conga, conga, La chica del pantalón pirata and Un saxo en la niebla.
After finishing the book, I learned that three of the stories were adapted into a film La lengua de las mariposas directed by José Luis Cuerda, which is now on my to-watch list.

Mi tío se llamaba Amaro y se había muerto por lo menos ocho veces antes de morirse. Era un especialista en morirse y siempre lo hacía con mucha dignidad. Volvía de la muerte perfumado con jabones La Toja, peinado como el acordeonista de la Orquesta Mallo, con un traje nuevo Príncipe de Gales y con una historia sorprendente. En una ocasión hizo una descripción muy detallada del menú del Banquete Celestial, en el que, según él, abundaba el lacón con grelos.
Desde que apareció la esbelta figura de la ciclista, el vigía del molino había estado al margen de la realidad. Aquella presencia se producía fuera del plano. No existía ningún trazo que simulase una figura de mujer apoyada en el pretil, contemplando el discurrir del río, ni dos círculos como ruedas que señalasen el preciso lugar, justo en el del puente, donde estaba el pilar principal y, adherida, la carga explosiva. Él permaneció aún durante unos segundos hechizado por la grácil belleza de la joven ciclista sin establecer un vínculo entre la irrealidad de la aparición y las agujas de su reloj.
«Hoy el maestro ha dicho que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?».
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te ha gustado la escuela?».
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega».
«Hace viento, ¿eh, Old?», dijo Maggie, cruzando los brazos justamente por donde él lo haría si pudiese.
«Sí que hace». Y añadió en un tono que a él mismo le resultó misterioso:
«Aunque las hojas sean muchas, la raíz es sólo una».
Maggie lo miró como si descifrara un enigma. Era algo más de lo que esperaba de Old M., metido siempre, como quien dice, en su propia sombra. Esas cosas se pagan con una sonrisa. Así que se echó sobre la barra, no sin antes mirar a ambos lados por si alguien acechaba, y acercó la cara, los ojos picaros posados en él, talmente como mujer que va a avivar en la chimenea el fuego tibio de la turba.
«En los mentirosos días de mi juventud metí mis flores al sol», dijo Maggie en un dulce suspiro.
Y también estaba Couto, que era contrabajo y durante la semana trabajaba en una fundición. A este Couto, que padecía algo del vientre, el médico le había mandado comer sólo papillas. Pasó siete años seguidos a harina de maíz y leche. Un día, en carnaval, llegó a casa y le dijo a su mujer: «Hazme un cocido, con lacón, chorizo y todo. Si no me muero así, me muero de hambre». Y le fue de maravilla.






























