Wednesday, 28 January 2026

Entrevista

This is the Spanish version of Interview, a short story that appears in our new book, The Thread. Available in paperback and on Kindle from Amazon.

Yo no pregunto ningunos acertijos. ¿Para qué? Me entretiene charlar con hombres en su idioma, nada más. O sus idiomas. Todas las lenguas humanas son parecidas: sujeto, objeto, verbo. Una vez que domines una, puedes hablar la otra.

Los dioses no nos dicen nada en ningún idioma hablado. Nos dan señales. Si no sabemos interpretarlos correctamente, es decir, en nuestro beneficio, ¡peor para nosotras!

Además, los dioses nos dieron cerebro para que pudiéramos pensar por nosotras mismas. La devoción no sustituye al cerebro.

Para que lo sepas: corro más rápido que cualquier hombre y cualquier caballo. Sólo lo menciono para que no te desgastes en vano. No es que tenga que retenerte aquí. Por mucho que disfrute de tu compañía, si quieres ir pa’ casa ahora, no hace falta correr, no me moveré. Pero no intentes colarte.

Por última vez: no matamos a seres humanos. Tenemos instrucciones muy claras al respecto: «No hacer daño a los humanos».
Al menos, a no ser que sea absolutamente necesario. Ja, ja, ja.

¿Cómo dice? ¿Como pitones? Cuentos de viejas. No hacemos eso. ¿Ves mis patas delanteras? Si de verdad quisiera matar a un hombre, lo aturdiría; creo que es más humano. Ay, no te asustes. Estás más a salvo aquí conmigo que en el camino por el que viniste.

No solo eso. Tenemos que asegurarnos de que ningún hombre muera en nuestro territorio. Así que las preguntas que hacemos son por su propia seguridad. Muchos vienen aquí pensando que es un paseo por el campo. No lo es. Está lejos desde aquí hasta el templo, y la caminata no es para todos.

Mira, nosotras simplemente estamos haciendo nuestro trabajo, y nuestro trabajo es proteger los templos. Uno pensaría que si más gente viniera a los templos para mostrar devoción y todo, los dioses estarían locos de contento. Pero no. Digo yo que los humanos son insoportables, siempre pidiendo favores para sí mismos. Y lo único que quieren los dioses es que los dejen en paz. Por eso se nos instruye a dejar entrar solo a quienes se portan bien, aquellos que saben qué decir a los dioses y cómo decirlo. Nadie de los que pierden el tiempo, por favor. Precisamente, unos pocos seleccionados. Somos nosotras quienes hacemos la selección.

Personalmente, a mí me interesan más las cosas prácticas. Se trata de salud y seguridad básicas, no de un examen de teología. Cuando vienen seres humanos, les pido que describan los puntos de referencia. O les pregunto si tienen vértigo. O si saben dónde conseguir agua potable. O compruebo si sus sandalias son aptas para ida y vuelta.

Muchos llegan a caballo, en camello o en burro. Eso los hace arrogantes. Algunos fingen que no me ven. Gritaría: ¡Oye! ¿Adónde crees que vas? No quiero hacerte daño, pero ¿qué harás cuando tenga a tu yegua para cenar? Hipotéticamente hablando. Deberías ver sus caras. Ni siquiera tengo que levantarme. Prrr. Les deseo un buen viaje a casa, según las instrucciones, y punto.

Otra: ¿Tienes cita previa? Entre nosotras, no hace falta, también puedes pasarte por aquí sin más. A menos que sea una visita guiada, estas son solo para grupos. No es que los dioses consulten sus agendas. Naturalmente, los sacerdotes llevan un registro de los visitantes, para estadísticas o algo así. Últimamente están muy metidos en la diversidad. En cuanto a geografía. ¿De dónde es? ¡Qué bien! ¿Es su primera vez aquí? Ese tipo de cosas. Cuanto más lejos, mejor. Si eres de otro continente, flipan en colores. No cuentan cuántas mujeres, ni lisiados, ni esclavos. Así es, ninguno. Hay un letrero en la entrada, ¿lo has visto? ¿Cómo voy a saberlo? Podrías haber estado en otros templos. Hoy en día, todos los templos tienen uno. «Bienvenidos todos», dice. Ja, ja, ja. Después de rechazar a todo el mundo, los demás son bienvenidos.

Sea cual sea el motivo, mantener a los humanos fuera nos conviene, eso digo yo. Si no, pasaríamos todos nuestros días rescatando a algunos diletantes. Tienes suerte de que hoy esté yo aquí en la puerta. Mmm, cada diez días más o menos. ¿Por qué, de verdad? Tal vez sea yo la afortunada de tener compañía. Aquí está tranquilo estos días. Temporada baja. Sí, casi como un día libre, sino que tengo que quedarme por aquí todo el rato. Aburridísimo, en serio. Los otros días estoy fuera, patrullando las fronteras. Prefiero eso. Ajá. Rotación. Es un trabajo duro, pero es el tipo de trabajo que tiene sentido. Si no fuera por nosotras, los humanos vendrían en hordas, quemarían el bosque, construirían sus aldeas feas, traerían plagas, enfermedades. ¡Qué asco! Sin ánimo de ofender, pero ¡qué asco! Y procrearían sin parar. No, no en mi guardia, muchas gracias.

No es que no procreen en sus propias tierras. Con los números que tenemos, ya estamos abarcando demasiado. No corremos riesgo por ahora, mientras los hombres respeten a los dioses y nos teman. ¿Por cuánto tiempo? Quién sabe. El nihilismo está en auge.

Disculpa si suena sexista. Digo «hombres» porque son sobre todo hombres los que vienen por aquí. Aunque recuerdo a una muchacha. Hace muchos, muchos años. Entonces yo trabajaba en un sitio diferente. ¿Ves el camino p’allá? El otro lugar era aún más pindio. Totalmente no apto para cardíacos. Aun así, llegaban suficientes peregrinos locos para mantenerme ocupada. Pero hombre, ella era buena. Una verdadera cazadora. Sabía exactamente adónde se dirigía, y no era ningún templo. ¿Es un hombre, mi niña?, pregunté. Ningún macho merece que arriesgues tu vida. Los hombres vienen y van, la vida solo tienes una. Es mi hijo, respondió. Debió haber pasado por aquí. ¿Cuándo? Hace dos lunas. ¿Cuántos años tiene? Dieciséis, dijo. Dioses, pensé que ella tenía dieciséis años. No, mujer, hacía años que no veía a nadie tan joven por aquí. ¿Estás segura que quieres seguir?

Al final la dejé pasar. Estaba tan empeñada en ello que daba miedo. Yo también lo estaría si estuviera buscando a mi cachorro. Si tuviera un cachorro.

Ojalá tuviera uno.

La cosa es que nos estamos extinguiendo. No, la mortalidad es baja. Es la tasa de natalidad. En nuestra manada no nacieron bebés en cuatro décadas. Mira la pirámide y llora. Me refiero a la pirámide de población.

Cuando estoy en celo, es decir, cada ciclo de saros, más o menos, corro hacia el bosque y persigo a los machos. ¿Mencioné que corro más rápido que cualquier esfinge macho? Ahora lo hice. Y casi todas las hembras también, de hecho. Soy lo que llaman «madurita», por no decir vieja, pero estoy en plena forma. Los machos nunca se niegan a aparearse conmigo. Aunque no sirve de nada. La mayoría de ellos, incluso los más jóvenes, son infértiles. Es cierto que me divierto, pero al final siempre es una decepción. No necesito una pareja, necesito a alguien que me engendre un cachorro.

¿Por qué? Los dioses lo saben, o quizá ni siquiera ellos. Algunos dicen que son los genes. Pues eso no explica nada. Decir «son los genes» es como decir «así es la vida». Son genes, no genios. Los genios están en los cuentos de hadas, no son reales. Todos tenemos genes, ¿entiendes? Olvídalo. En unos pocos miles de años lo sabrán todo. Será la próxima gran religión, recuerda mis palabras. No me refiero a ti en particular, sino a algunos de tus prole, sin duda. Alguien con tus genes.

¿Mi teoría? Comemos demasiada carne mala. ¡Sí, señor! Solíamos cazar. Jabalíes, búfalos, hipopótamos, incluso elefantes. Ahora nos hemos vuelto perezosas y tomamos cualquier porquería que los humanos traen como un sacrificio. A los dioses, por supuesto. Y los dioses no bajan por ella. Todo nos queda a nosotras. Claro, es parte del trato, pero es muy poco saludable.

¿Cómo? Pues, alojamiento, chequeo médico, dental, plan de jubilación, de todo. Educación para cachorros, si los tienes. Acceso a cotos de caza. Spas. Un montón de beneficios, no solo comida.

Por cierto, ¿tienes hambre? Echa un vistazo a la despensa, p’allá. Tenemos un montón. Los sacerdotes se llevan un poco y nosotras guardamos lo que sobra para los visitantes. Venga, sírvete. Bueno, es comestible.

Yo no como nada de esto, sólo lo que cazo yo misma. Me encanta pescar. El pescado me hace bien, mira mi piel y mi pelo. Mantiene mi libido alta. Hay tantos peces en el río, estoy pensando en hacerme pescetariana. Los huevos de cocodrilo también, son riquísimos.

Lo siento cariño, ninguna pescadora comparte sus puntos de pesca. Puede que hable mucho, pero sé cuándo callarme. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí.

Debido a la situación demográfica, ninguna esfinge se suicida jamás. Quedamos muy pocas. Así que, volviendo a esa historia: con perdón de la expresión, es absurda. Un poco como una tragedia griega, excepto que es tan tonta que me hace reír. Por casualidad, no eres de Grecia, ¿verdad? Sin ofender a los griegos, es un sinsentido. Un sinsentido triple. Ya te lo he dicho: no acertijos, no matar seres humanos, no suicidios. ¿Alas? ¿Ves alguna? Ah, creo que nunca las debieron tomar al pie de la letra. Son una metáfora de la velocidad. Lo acepto. Pero ese acertijo, dioses, es tan viejo, tenía siglos incluso en mi infancia. Hay que ser bastante corto para no resolverlo.

¿Cuántos años? ¿Yo? No te lo puedo decir exactamente. No celebramos cumpleaños. Creo que alrededor de un milenio y medio. Tengo que preguntarle a mi mamá. Aunque no la he visto en siglos. Ella solía ser la más rápida del distrito. Una leyenda. Me parezco a ella en eso. Ya está jubilada. Vive en un santuario para la tercera edad, bastante lejos de aquí. Un lugar encantador, junto al mar, un clima muy suave todo el año. ¡Qué pijo! Mis amigas me dicen que yo también debería jubilarme, después de ocho siglos de servicio. Entonces podré irme a vivir con mi mamá. Bah. Supongo que podría, pero no quiero. Sólo nos sacaremos de quicio una a la otra. Ella me retaría a un maratón o algo. No, me gusta mi trabajo. Y estoy en buena forma. Mira mis dientes. Prrr. Impresionantes, ¿no? Dije dientes, no tetas. Ja, ja, ja, tres veces.

¿Mi padre? No tengo ni idea de quién es. Ahora que lo pienso, mi mamá tampoco. ¿Para qué? Los varones no aportan mucho a la familia. Aparte del esperma, que tampoco está garantizado. Y cuando está garantizado, en cierto modo, hay una lista de espera. Dos siglos, ¿están de coña? Si le crees a mi mamá, la noche en que fui concebida ella había estado con cinco o seis machos. No sé, algunos forasteros sureños. Una panda de capullos echados de su manada, en busca de aventuras. Ella dice, no se quedaron mucho tiempo. Pero vamos, conociendo a mi mamá, es posible que se lo haya inventado todo. Quizás era un macho local del que ella no quería hablar. Bueno, es asunto suyo, a mi me importa un cucumis. Negativa, soy cachorra única. La mayoría de nosotras lo somos. Supongo que podría haber medios hermanos en alguna parte.

Oh, oh, hablando de pitones. Oí que algunas de ellas se reproducen sin machos involucrados. Imagínate. Se llama partenogénesis. Solo madres e hijas. Genial, ¿eh? Podría ser el futuro para nosotras, como especie. ¿Ellos también? Eh, no estoy segura. Según se dice, los dragones están extintos.

¿La quién? Ah, esa chica. Les advertí a mis compis del otro lado para asegurarme de que no la detuvieran. Nunca más la volví a ver, ni a saber nada de ella. Espero que haya encontrado a su cachorro.

¿El secreto de la longevidad? Uf, nunca lo había pensado. A ver, para mí, es dormir mucho, comer bien, hacer un poco de ejercicio. Meditar. Cuando no hay visitantes en la puerta, medito mucho. Algunos dicen que parezco una estatua. A que me confundiste con una, ¿no? Ah, pero no sé si funcionará contigo, cariño. La vida humana es muy corta. Vuelve dentro de cincuenta años y hablamos.

Espera. Olvídalo. Cualquier imbécil te diría lo mismo. Haz esto y aquello y tu vida será larga y saludable y aburrida como el inframundo. ¡Qué gilipollez! Necesito algo más para seguir esperando otro día.

Escucha, si te contara mis secretos, ya no serían secretos, ¿me explico? Ya has oído suficiente. Se supone que soy yo quien debería hacer preguntas aquí. Prrrt. ¿Qué te trae a este lugar, amor?


No comments:

Post a Comment